Fútbol o Guerra: Cómo recuperar la fiesta del fútbol
Uno de los problemas más difíciles de erradicar en los estadios sudamericanos es la violencia. Sus raíces se encuentran en la manera en que la sociedad tolera que un sector exprese su “pasión” por el fútbol de forma agresiva. Factores como la pobreza, la falta de educación, la marginación social y los sistemas clasistas que persisten en gran parte de América Latina alimentan este fenómeno.
A ello se suma hoy la influencia de las redes sociales y los medios de comunicación, que amplifican los hechos violentos y los convierten en virales. Estas imágenes generan más atención, más clics y, en muchos casos, incentivan a que otros quieran ser parte del espectáculo.
Desde una perspectiva antropológica, la violencia en el fútbol también puede entenderse como parte de la identidad y la territorialidad de las barras. Estas prácticas forman parte de sus costumbres y dinámicas internas, y funcionan como un mecanismo de defensa del grupo. La barra se concibe a sí misma como un colectivo con símbolos y significados propios, cuyo objetivo central es proteger su identidad y su territorio.
La gran pregunta es: ¿cómo erradicar la violencia de los estadios?
Lecciones desde Inglaterra
Entre las décadas de 1960 y 1980, el hooliganismo en Inglaterra alcanzó niveles extremos. No fue hasta las tragedias de Heysel (1985) y Hillsborough (1989), con decenas de muertos y heridos, que el gobierno británico decidió actuar con mano dura.
Las claves de su éxito fueron claras:
- Sanciones contundentes: arrestos inmediatos, multas elevadas y prohibiciones de entrada a los estadios.
- Modernización de estadios: asientos numerados, mejores accesos, cámaras de vigilancia y sistemas de control.
- Policía especializada: unidades dedicadas exclusivamente a vigilar y neutralizar grupos violentos, con cooperación internacional.
- Responsabilidad de los clubes: obligación de implementar carnés de socio, controles más estrictos y trabajar codo a codo con las autoridades.
- Cambio cultural y social: con la llegada de la Premier League en 1992, el fútbol inglés se transformó en un espectáculo familiar. Los precios subieron, el perfil del aficionado cambió y gran parte de los sectores más conflictivos quedó fuera de los estadios.
El desafío en Sudamérica
Replicar este modelo en América Latina no es sencillo, debido a la desigualdad, la precariedad y la falta de planificación. Sin embargo, es una referencia clara: si queremos disfrutar del fútbol sin el fantasma de partidos suspendidos por violentos —o por la negligencia de dirigentes y autoridades—, no existen atajos.
La única salida es inversión, prevención, firmeza y responsabilidad compartida. Clubes, dirigentes, prensa, redes sociales y gobiernos deben dejar de pasarse la pelota y jugar en el mismo equipo. Porque el fútbol nació para ser una fiesta, no para convertirse en un campo de guerra.