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La expulsión de David Beckham ante Argentina en 1998: un error que lo convirtió en villano
David Beckham es uno de los grandes símbolos de la selección inglesa. Disputó 115 partidos con los Tres Leones, anotó 17 goles, apareció en los momentos importantes y se convirtió en uno de los futbolistas más recordados en la historia del fútbol británico.
Pero en Francia 1998 no fue así.
El "Spice Boy" fue quizá el jugador más criticado tras la dura eliminación de Inglaterra en la Copa del Mundo. Se convirtió en el chivo expiatorio de una generación que soñaba con conquistar una segunda estrella mundialista y terminó marchándose antes de tiempo.
Beckham se había vuelto una pieza importante durante las eliminatorias rumbo al Mundial de Francia. Su figura mediática ya era enorme incluso antes de la concentración, y sus constantes apariciones junto a su entonces novia Victoria Beckham, integrante de las Spice Girls, provocaron que el seleccionador Glenn Hoddle cuestionara públicamente si estaba realmente concentrado en el torneo.
Beckham no disputó el primer partido contra Túnez en Marsella, encuentro que Inglaterra ganó con goles de Alan Shearer y su compañero en el Manchester United, Paul Scholes. Fue un duro golpe para Becks, que esperaba ser uno de los protagonistas del Mundial.
Para el segundo partido, frente a Rumania en Toulouse, también comenzó en el banquillo. Sin embargo, una lesión de Paul Ince al minuto 32 le permitió hacer su debut mundialista. Inglaterra perdería aquel encuentro y las críticas comenzaron a aparecer. Uno de los señalados fue Beckham, a quien no se le vio cómodo tras ingresar de cambio.
Para el tercer partido, con la clasificación en juego, Hoddle finalmente apostó por él como titular. El número 7 no defraudó. Al minuto 29, ejecutó un espectacular tiro libre que terminó en el fondo de la red para poner el 2-0 definitivo y asegurar el pase inglés a los octavos de final.
Aquella tarde Beckham fue uno de los jugadores más participativos del encuentro. Su actuación convenció a todos y el gol terminó sellando la clasificación. Las críticas se transformaron en elogios.
Inglaterra acabó segunda de grupo por detrás de Rumania, un resultado que la emparejó con Argentina en los octavos de final. Era una rivalidad que trascendía el fútbol.
Ambas selecciones no se enfrentaban en una Copa del Mundo desde los cuartos de final de México 1986, cuando Diego Armando Maradona marcó la Mano de Dios y el Gol del Siglo. La tensión entre ambos países seguía siendo enorme. En Inglaterra se hablaba de revancha. En Argentina, de volver a derrotar a uno de sus mayores rivales.
El partido que cambió todo
El 30 de junio de 1998, en Saint-Étienne, ambos equipos saltaron al campo con Beckham como titular.
El partido arrancó de forma frenética. Gabriel Batistuta adelantó a Argentina mediante un penalti. Apenas cuatro minutos después, Alan Shearer igualó el marcador también desde los once pasos.
Lo que ocurrió al minuto 16 quedó grabado para siempre en la historia de los Mundiales.
Beckham recibió el balón en la media cancha y encontró a Michael Owen. El joven delantero arrancó a toda velocidad, dejó atrás a varios defensores argentinos y definió cruzado para firmar uno de los mejores goles que se han visto en una Copa del Mundo.
Golazo del niño inglés.
Inglaterra estaba arriba en el marcador.
Argentina reaccionó y se fue con todo al ataque. Cuando parecía que los Tres Leones se marcharían al descanso con ventaja, una brillante jugada preparada en un tiro libre terminó con Javier Zanetti definiendo frente a David Seaman para empatar el encuentro.
El 2-2 reflejaba perfectamente el espectáculo que ambos equipos estaban ofreciendo.
Arrancando la segunda mitad, los nervios comenzaron a apoderarse de todos. La rivalidad histórica, la presión del Mundial y la intensidad del partido estaban llevando todo al límite.
Fue entonces cuando Beckham cometió uno de los errores más costosos de su carrera.
Después de recibir una falta de Diego Simeone, el inglés permaneció unos segundos en el suelo. Simeone le dio unas palmadas que terminaron por hacerlo perder la cabeza. Beckham reaccionó con una patada hacia el argentino.
No fue una agresión brutal.
Pero fue suficiente: amarilla para Simeone, roja para Beckham.
Inglaterra se quedaba con diez hombres.
La imagen del mediocampista abandonando el terreno de juego se convirtió instantáneamente en una de las fotografías más recordadas de Francia 1998.
Los ingleses tuvieron que remar contra corriente durante el resto del partido. Resistieron el tiempo reglamentario, aguantaron la prórroga, pero terminaron cayendo en la tanda de penales.
Y entonces comenzó el verdadero castigo.
Terminando el partido, todo el mundo se fue contra Beckham. Quemaron imágenes suyas, la prensa lo calificó de "inmaduro" e "infantil" y millones de aficionados lo señalaron como el principal responsable de la eliminación.
Perder en octavos de final ya era doloroso. Perder después de haberse ausentado del Mundial de 1994 también. Pero perder contra Argentina fue algo que muchos aficionados ingleses simplemente no pudieron perdonar.
Los siguientes años fueron insoportables para Beckham. Era abucheado en los estadios de Inglaterra y señalado constantemente como el culpable de aquella eliminación. Parecía que nunca lograría escapar de la sombra de Saint-Étienne.
La redención en Old Trafford
Pero el fútbol siempre ofrece oportunidades de redención. Y la de Beckham llegó el 6 de octubre de 2001, en Old Trafford.
Inglaterra necesitaba al menos un empate frente a Grecia para clasificar directamente al Mundial de Corea-Japón 2002. Sin embargo, las cosas no comenzaron bien. Angelos Charisteas adelantó a los visitantes y aunque Teddy Sheringham empató al minuto 68, apenas un minuto después Nikolaidis volvió a poner por delante a Grecia.
Los Tres Leones estaban al borde del repechaje. El reloj avanzaba. La desesperación crecía.
Y entonces llegó el minuto 93.
Tiro libre.
Última jugada.
Última oportunidad.
David Beckham colocó el balón. Tomó distancia. Y ejecutó uno de los tiros libres más famosos de todos los tiempos.
La pelota viajó perfecta hacia el ángulo.
Gol.
Old Trafford explotó.
Inglaterra estaba en el Mundial.
Y Beckham, el mismo hombre que tres años antes había sido señalado como el villano de toda una nación, se convertía ahora en su salvador.
Su revancha tardó tres años. Su redención fue larga y dolorosa, pero llegó. Porque el fútbol tiene una capacidad única para destruir héroes y construirlos de nuevo.
Francia 1998 convirtió a David Beckham en el rostro de una derrota. Old Trafford 2001 lo convirtió en el símbolo de una generación. Y quizás esa sea la grandeza del deporte: que no se trata de no equivocarse, sino de encontrar la manera de levantarse cuando todo el mundo te ha dado por vencido.
Porque aquella tarjeta roja lo convirtió en villano. Pero la forma en la que regresó terminó convirtiéndolo en leyenda.
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