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Maradona metió los dos goles más famosos de la historia… el mismo día
El genio de Diego Armando Maradona nunca estuvo en discusión. Su talento, su picardía y esa manera única de entender el futbol lo convirtieron en una figura irrepetible. En la Copa del Mundo de México 1986 estaba en el punto más alto de su carrera, y con él sobre la cancha, Argentina se transformaba en un equipo capaz de competir contra cualquiera.
La selección albiceleste no llegó al torneo envuelta en elogios. Las críticas hacia Carlos Bilardo eran constantes y muchos dudaban del funcionamiento del equipo. Pero mientras afuera existían cuestionamientos, dentro del grupo había una convicción absoluta: Diego estaba listo para cargar con el peso del Mundial.
Desde la fase de grupos comenzó a mostrar señales de lo que vendría. Contra Italia, campeón defensor, marcó un gol brillante que confirmó que estaba en un nivel distinto. Frente a Corea del Sur sufrió una persecución constante, golpes y marcas durísimas, pero aun así resultó imposible detenerlo.
En octavos de final apareció el Clásico del Río de la Plata ante Uruguay. Fue un partido intenso, físico y trabado, como se esperaba. Maradona intentó desequilibrar por todos lados y estuvo cerca de marcar con un tiro libre que se estrelló en el travesaño. Finalmente, Pedro Pasculli anotó el gol que llevó a Argentina a los cuartos de final.
Del otro lado esperaba Inglaterra.
No era un partido cualquiera.
La historia entre ambas selecciones ya tenía capítulos tensos. En el Mundial de 1966 protagonizaron un enfrentamiento cargado de polémica, marcado por declaraciones cruzadas y resentimientos deportivos. Pero en 1986 existía algo mucho más profundo.
Cuatro años antes, Argentina y el Reino Unido habían protagonizado la Guerra de las Malvinas. Aunque los jugadores insistían públicamente en que solo se trataba de fútbol, el contexto emocional era imposible de ignorar.
El Estadio Azteca sería el escenario.
La previa estuvo marcada por mensajes de calma. Jorge Valdano escribió que debía verse únicamente como un partido de fútbol. Bilardo y Maradona intentaron bajar la tensión en sus declaraciones. Pero puertas adentro, el sentimiento era diferente.
Argentina sabía que no jugaba un partido común.
La Mano de Dios
El 22 de junio de 1986, ante más de cien mil personas y millones mirando alrededor del mundo, comenzó uno de los encuentros más importantes en la historia del deporte.
El primer tiempo fue cerrado, disputado y de enorme intensidad. Argentina dominó la posesión y buscó el gol, pero Inglaterra resistió gracias a una defensa ordenada y a la seguridad del arquero Peter Shilton.
El descanso llegó con empate.
Pero el ambiente ya anunciaba que algo extraordinario estaba por suceder.
Apenas comenzado el segundo tiempo, Maradona inició una jugada que parecía común. Jorge Valdano intentó controlar una pelota cerca del área inglesa, pero el rebote terminó elevándose tras un despeje accidental de Steve Hodge.
La pelota quedó suspendida en el aire.
Shilton salió convencido de que despejaría sin problemas. Era más alto, más fuerte y tenía ventaja. Pero Diego nunca dejó de correr.
Saltó.
Y en una fracción de segundo, usó la mano izquierda para desviar el balón hacia la red.
Los ingleses reclamaron de inmediato. La protesta fue inmediata y desesperada. Todo indicaba que el gol sería invalidado.
Pero el árbitro tunecino Ali Bin Nasser señaló el centro del campo.
Gol.
Mientras Inglaterra protestaba, Argentina celebraba con cierta cautela. Nadie entendía del todo lo que acababa de pasar.
El partido se reanudó.
Y cuatro minutos después, el fútbol cambió para siempre.
El Gol del Siglo
La jugada comenzó en campo argentino. Héctor Enrique recibió la pelota y, casi sin imaginar lo que vendría, tocó corto para Maradona. Diego tomó el balón apenas unos metros detrás de la mitad de la cancha y arrancó. A su alrededor, Jorge Valdano y Jorge Burruchaga comenzaron a acompañar la acción.
Primero dejó atrás a Peter Beardsley y Peter Reid con un cambio de ritmo que parecía un paso de baile. Mientras avanzaba, Valdano corría por el centro como opción de pase y Burruchaga aparecía por derecha, esperando una posible descarga. Pero Diego venía volando.
Superó a Terry Butcher con un recorte preciso y continuó su carrera hacia el área. Terry Fenwick intentó detenerlo sujetándolo, pero Maradona siguió avanzando con una mezcla de equilibrio y velocidad imposible de explicar. Burruchaga ya estaba entrando al área y Valdano llegaba por el otro costado, listos para recibir si el “10” decidía soltar la pelota.
No lo hizo.
Peter Shilton salió desesperadamente para achicar el espacio. Diego lo esquivó con un toque corto hacia la izquierda y, cuando Butcher regresó en un último intento por bloquearlo, el argentino ya había definido.
La pelota cruzó la línea.
El Azteca explotó.
Valdano levantó los brazos antes de tiempo. Burruchaga corrió directo hacia Diego. Los compañeros lo rodearon mientras el estadio intentaba entender lo que acababa de pasar.
No había sido solo un gol. Había sido una obra colectiva nacida de un pase simple de Enrique, y finalizada por un futbolista que convirtió una jugada normal en el momento más eterno de la historia de los Mundiales.
El llamado “Gol del Siglo” acababa de nacer.
En apenas cuatro minutos, Maradona había marcado dos goles completamente opuestos. Uno nacido de la picardía. El otro, del talento absoluto.
El primero provocó polémica eterna.
El segundo silenció cualquier discusión.
Ese día, Diego hizo algo que nadie volverá a repetir: anotó los dos goles más famosos en la historia de los Mundiales en un mismo partido.
Y aún faltaba lo mejor.
Días después, en ese mismo estadio, levantaría la Copa del Mundo.
Porque hay grandes jugadores, hay leyendas… y luego está Maradona.
El hombre que convirtió una tarde en el Azteca en un capítulo eterno del fútbol.
52 metros, 44 pasos, 10.6 segundos, cinco defensores y un gol para la eternidad.
Barrilete Cosmico...
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