Copa Libertadores: El fútbol que se lleva en la sangre

Reuters

José Bauz
@JoseBauz 

Puede que el mejor eslogan para describir la Copa Libertadores sea algo así como: “El fútbol se lleva en la sangre”. Y se lleva en la sangre no solo porque nos apasione el fútbol, sino porque es herencia de nuestros viejos. Y de nuestros abuelos. Y será también de nuestros hijos. Para un padre futbolero no hay amor más genuino que transmitirle a su hijo ese amor por el equipo del que siempre fue hincha. Ese equipo de tu barrio, o de tu ciudad, ese al que nunca le negaste un grito de aliento por más que la agitada vida de nuestros países nos llenara de otras preocupaciones. Y eso es lo que significa la Copa Libertadores: un olor de nuestra infancia, un grito ensordecedor de gol abrazado con tu padre, tu hermano, un primo… Es recordar que por más que hoy nos sintamos hinchas del Real Madrid o Barcelona, siempre hubo, como en el amor, un primer equipo: el de toda tu vida.



La Copa Libertadores es nuestra Champions. Sin el glamur ni el caché que destila el máximo torneo europeo de clubes - con lo que es imposible competir -, la Libertadores se alimenta de otros componentes donde la Orejona no se arrima ni de cerca. El jugar en el llano del Sur del continente, pasar por la altura de Quito o La Paz, seguir por el infernal calor de Cali o Barranquilla, o transitar por campos minados como Defensores del Chaco, en Asunción, donde el espíritu guaraní te inclina la cancha en tu contra. Esto sin hablar de ir a canchas brasileñas donde te puedes encontrar con el próximo Neymar o con el rudo bolillo de la policía militar si no te portas bien. Si llegas a Perú, la suerte te puede poner a jugar en el precioso Estadio Nacional para enfrentar a Sporting Cristal o en el peligroso barrio de Matute para enfrentar a Alianza Lima. Si te topas con un chileno, puedes jugar en pleno desierto de Atacama si te tocó enfrentar a Cobreloa o codearte en Los Condes con la élite chilena si tu rival es la Universidad Católica. Y así cada semana.

En nuestros campos en Sudamérica se forja ahora mismo el próximo Messi. O si no hay cosecha aún para un nuevo Messi, se forja el próximo Suárez, el próximo Neymar, el próximo James o el próximo Alexis Sánchez. Y es la Libertadores el torneo que habrán querido jugar toda su vida. Es su gran vitrina a Europa. En cada gol besarán el escudo de sus equipos, y no por compromiso, sino por amor. Por eso vuelven a la Libertadores al final de sus carreras, por más que la cuenta bancaria esté a rebosar, porque anhelan volver a sentir ese olor a potrero, ese grito ensordecedor de quienes los alentaban como niños y hoy los alientan como adultos con sus hijos al lado. Puede que ayer hayas gritado el gol de aquel equipo europeo que te ha colonizado el corazón, pero jamás lo gritarás tan fuerte como el gol del equipo de toda tu vida. Y eso es la Libertadores: un grito de gol que trasciende fronteras y no te deja olvidar de donde vienes.