EL MATAGIGANTES
Cuando la lógica se rompe, nace la magia. De Matasiete a Lanús en el Maracaná, el fútbol vive de hazañas imposibles, de gigantes que caen y de equipos que muerden la historia. Porque cuando el chico derrota al poderoso, el deporte más incoherente del mundo nos recuerda por qué es también vibrante.
Últimamente el fútbol nos ha regalado varias sorpresas. Maravillosas para unos, traumáticas para otros. Pero justamente ahí está la belleza del asunto: en su absoluta falta de coherencia. El fútbol es un deporte donde la lógica entra… pero no siempre sale.
Por eso existen las quinielas. O la polla en Chile y Perú, el bolão en Brasil, y el Progol en México. Porque creemos que podemos descifrarlo. Que si estudiamos las mil variantes matemáticas del enfrentamiento, las estadísticas, la estrategia del Mister, la billetera del presidente, el perfil psicológico del lateral izquierdo, lo que desayunaron, su superstición favorita y si discutieron en casa por dejar los chimpunes sucios en la sala… vamos a acertar.
Mentira. Acertar es tener suerte. Mucha.
Y si hay algo que hace del fútbol un espectáculo adictivo son los matagigantes.
El término viene de lejos. De una leyenda leonesa del siglo XIV donde un espadachín humilde mató a siete alguaciles y quedó bautizado como Matasiete. Después la literatura lo transformó en Matagigantes cuando se asocia a caballeros que vencen monstruos como Fierabrás, el gigante sarraceno de los libros de caballería. Sí, el mismo que inspiró a nuestro noble hidalgo Don Quijote de la Mancha.
En el fútbol europeo también abundan los episodios de este tipo. Ahí está el famoso Alcorconazo del Real Madrid. O el día, no hace mucho, en que el todopoderoso Barcelona tropezó con el Girona. O cuando el propio Real Madrid volvió a despedirse prematuramente de la Copa del Rey frente al Albacete. Lo mismo pasó con el Manchester United, eliminado por el Grimsby Town, equipo de cuarta división, en la Carabao Cup. Porque en el fútbol, el presupuesto ayuda… pero no garantiza.
Y si hablamos de sorpresas recientes, lo del Bodø/Glimt merece capítulo aparte: el modesto club noruego le gana al Manchester City y deja fuera de la Champions League al Inter de Milán, subcampeón del año anterior.
Pero Sudamérica también tiene sus sorpresas. El Maracanazo de 1950: Uruguay silenciando a Brasil en su propia casa. Independiente del Valle convirtiéndose en “Matagigantes” tras eliminar a Boca y River en 2016. Once Caldas levantando la Libertadores frente a Boca.
Y este año, la sorpresa mayor: Lanús venciendo 3-2 al poderoso Flamengo en el Maracaná por la Recopa. Sí, otro Maracanazo. Un equipo lleno de estrellas europeas contra un plantel donde muchos no han cruzado el charco. ¿Quién conocía a Castillo, al paraguayo José Canale, al joven Dylan Aquino que acaba de subir al primer equipo? ¿Y a Nahuel Losada? Tapó tres penales ante Atlético Mineiro en la final de la Copa Sudamericana el año pasado.
Eso es el fútbol sudamericano. Garra. Dientes apretados. Canchas que no siempre parecen alfombras persas. Partidos que no siempre son bonitos, pero sí intensos. Fútbol primitivo, visceral, incómodo. A veces desordenado. Casi siempre vibrante.
Claro que nos encanta ver a los gigantes europeos tocar la pelota con destreza e inteligencia, en estadios impecables, con chimpunes bien lustrados, y los calcetines limpios y subidos hasta la rodilla. El jogo bonito. El toque perfecto.
Pero también nos fascina cuando el chico muerde, corre, raspa, incomoda… y gana. Aunque sea con un gol feo, sucio y sufrido. Porque el fútbol no es justo. Y gracias a eso es maravilloso.
Quizás el sudamericano no sea el más estético. Pero, carajo, muchas veces es el más emocionante.
¡Felicidades, Granate!
Te lo mereces.








